Carta a la vida y al fútbol

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Lo valioso está en pequeños detalles de la vida, como escuchar a los pájaros en un amanecer, escuchar las cargadas de tus amigos del barrio, o las felicitaciones de algún compañero, luego de una tapada que parecía imposible. Escuchar con todo un “te quiero” de mamá o papá.

Por Horacio Daniel Almada Montiel

Ahora me pongo a rememorar mi infancia y recuerdo que siempre quise ser delantero. Vienen pequeñas escenas a mi memoria de cuando jugaba lejos de los famosos tres palos, pero era inevitable ver en algún momento la seña de: “Horacio, vos ahora te quedás arquero”. Y todo tenía un motivo.

En los ‘partiditos’ de cada tarde con mis amigos en el barrio- San Martín de Ñemby- o algún desafío interbarrial, yo siempre hacía una, dos o hasta tres demás. Reconozco, me gustaba “chulear” (gambetear). Cierto, era un poco “pelota jara”, pero en la mayoría de las veces no pasaba mi pelota, porque no escuchaba a mis compañeros, entonces siempre terminaba en el arco. Obviamente, nací con algo especial para ser el “1” y aunque en principio creía que no era lo mío, siempre terminaba salvando a mi equipo con los guantes invisibles puestos.

Después de contar cómo terminé siendo arquero, me presento. Soy Horacio Almada Montiel, tengo 26 años y soy jugador de River Plate. Sí, el “Kelito”, el que ahora volvió a Primera, el que demostró que en Intermedia también se puede jugar bien, ese equipo que tiene un portero sordo. Ah, ese soy yo.

Algunos conocen mi historia, otros quizás habrán escuchado algo sobre mí y el resto seguramente ni idea tiene de quién escribe esto.

A ver… no sé por dónde comenzar esta aventura y desafío que me ha puesto la vida. Si por el ascenso que logramos o por mi historia tan particular como futbolista. Seguramente mezclaré ambas cosas, y es un poco por la emoción que me complica ser breve con lo que tengo para contar.

Accedí a relatar mi historia, y no precisamente para que la gente me tenga en cuenta por lo que me sucedió (por mi discapacidad auditiva), no quiero resaltar por el “aichinjaranga (lastima)”, sino por si mi logro sirva de motivación para alguien, por ser una persona que está construyendo su camino, a pesar de todas las dificultades y para decirles que sí se pueden conquistar los sueños.

Me siento una persona bendecida desde todo punto de vista y si ustedes creen que la vida es complicada, abran los ojos y dense cuenta. Complicada seguramente es para la gente que no tiene qué comer, en mi caso, mis padres -Atilano Almada y Susana Montiel- siempre hicieron todo para que no me falte nada. Complicada es la vida seguramente para las personas que padecen de enfermedades y no pueden hacer los que les gusta. Yo tengo esa bendición y disfruto de lo que más me gusta en la vida: el fútbol.

Les puedo asegurar que lo complicado y lo valioso está en pequeñas cosas, detalles de la vida, como escuchar a los pájaros en un amanecer, escuchar las cargadas de tus amigos del barrio o quizás escuchar las puteadas de algún jugador o hincha rival, o las felicitaciones de algún compañero, luego de una tapada que parecía imposible. Escuchar con todo un “te quiero” de mamá y papá. Valoren amigos, parece algo tan simple, pero les puedo asegurar que muchos darían lo que sea por esos “detalles”.

La historia de mi vida cambió totalmente a los 2 años. Tuve la mala fortuna de haber sido víctima de la meningitis, una enfermedad que puede llegar a ser mortal. Gracias a Dios salvé mi vida, pero quedé con sordera. Escucho solamente 20 % hacia el oído izquierdo y hace 24 años que me acostumbré a escuchar lo que puedo, poquito, para no decir nada.

Si bien ha sido dificultoso todo, nunca lo he considerado como un obstáculo que me pueda impedir a conquistar mis objetivos. Terminé el colegio. Estudié en una escuela normal y también aprendí a hablar en la escuela de sordos. Puedo decir que soy futbolista profesional y ahora vivo un sueño estando despierto.

Toda mi infancia se resume en una canchita de fútbol, desde que tengo memoria. Mis amigos, la pelota, esas tardes inolvidables de desafíos por una gaseosa o simplemente por esa cuestión de honor. Los que nacimos en un privilegiado barrio como el mío, sabrán de qué hablo.

Como conté al comenzar, como todos, mi objetivo era ser delantero, goleador, pero el fútbol y la vida me hicieron dar cuenta de que tengo otras virtudes y es precisamente evitar goles. Soy arquero desde chico, porque era el lugar en el que mejor me podía comunicar con mis compañeros.

Para cualquier padre, el bienestar de su hijo es evidentemente lo máximo, pero imagínense el de un hijo que tuvo una enfermedad tan peligrosa como la meningitis, que prácticamente no escucha y le cuesta hablar.

Aquí comenzó uno de los momentos más duros para mí, al menos que recuerdo. El fútbol es mi pasión; la pelota, mi compañera de siempre y mi familia, lo más importante de mi vida. Todo eso se mezcló. Ya pasaron como 18 años, pero lo recuerdo muy bien.

Un día vinieron unos amigos del barrio a invitarme para ir a practicar con ellos en un club. Me invadió una emoción tan grande, que fui corriendo a decirle a mis padres con una sonrisa imposible de describir.

Mi padre, -Atilano Almada-, no me dio una respuesta en ese primer momento, pero con un ceño fruncido me dio a entender todo. Luego de conversar con mi mamá -Susana Montiel-, me contestaron y por primera vez era algo que no quería escuchar: “NO. Es muy complicado para vos”.

Se me partió el alma en mil pedazos. El fútbol era una de las cosas que más feliz me hacía. Salí corriendo y llorando. Lloré muchísimo ese día.

En ese momento no entendía, pero ahora comprendo perfectamente a mis padres. Lo hicieron porque me querían, me protegían y ya no estaban dispuestos a soportar que algo malo me pasara. Además, quizás, por ahí tenían miedo de algún tipo de discriminación hacia mí.

Bueno, después del “NO” rotundo, me calmé, hablé con mis amigos y el chico de 8 años (yo), decidió desobedecer para disfrutar de la pelota. Salía todas las tardes. Mis padres creían que iba a la casa de uno de mis amigos, pero en realidad me iba a entrenar. Aunque no crean, practiqué casi un mes a escondidas de mis papás en la escuela de fútbol de Cerrito, en Ñemby. Sí, es una locura, pero nada me hacía más feliz que tocar un balón. Pero por insistencia, conseguí el permiso de ellos y me firmaron la ficha ¡Qué feliz fui es de día!

Fue así que gracias al fútbol, desde muy chico me fui adaptando a todo y a todos. Sino, quizás podría estar encerrado en mi casa, ser una persona antisocial y con miedo a ser discriminado por el simple hecho de no escuchar bien.

El fútbol para mí es todo. Se puede decir que mi debilidad es la pelota. Hay muchas cosas en la vida que le gusta seguramente a la gente, pero para mí, basta y sobra sentir la pelota, tirarme en el pasto, sentir el olor del césped, ensuciarse detrás de la pelota y rasparme todo como estamos acostumbrado los arqueros. Son pequeñas cosas que yo disfruto y mucho. Por eso insisto, las cosas que nos hacen felices, están en los pequeños detalles de la vida, solo hay que saber reconocerlos.

Soy muy feliz por todo, pero también les cuento que hay cosas que me dan miedo y que me han dificultado el camino.

En un momento de mi carrera, creí que no iba a poder ser jugador profesional. La gente decía “cómo un arquero que no escucha puede jugar, es imposible”. Mis condiciones de buen sacador con los pies y de arquero volador, siempre me lo hicieron saber, pero sentía que nadie confiaba en mí, hasta hace poco.

Deportivo Pinozá (de Primera C), fue el primero que me dio la oportunidad. Se jugaron por mí y yo hablé en la cancha. De a poco fui ascendiendo, hasta llegar a Resistencia, Fulgencio Yegros y River Plate. Pero casi siempre siendo suplente.

Cuando me veían atajar, muchos entrenadores se convencían, pero hay muchos prejuicios en todos lados. Pienso y pienso ahora en muchas cosas. Quizás pude haber tenido mi momento mucho antes, pero pocos confiaban en mí. Algunos ex entrenadores y ex compañeros creían que yo no podía llegar a jugar profesionalmente. Yo noté eso en la falta de confianza en ellos. Pero nunca bajé los brazos. Trabajé, trabajé, es lo único que tenía por hacer.

Hasta ahora me doy cuenta de varias cosas. Imaginate, a mis compañeros le costó tenerme confianza, porque yo no escucho en la cancha, entonces de por ahí es complicado advertirme sobre algunas cosas.

Voy a dar un ejemplo de cómo no me tienen confianza. No tomo como discriminación, pero un ejemplo es que en muchísimos partidos televisados, salí figura el partido. Lo sabía yo, mis compañeros y hasta los rivales que me felicitaban. La gente de la tele tiene miedo de hablarme y hacerme la nota. Mirá, yo entiendo todo y respondo. Vos, compañero (jugador), entrenador o periodista, o hincha, me decís bien las cosas, yo te entiendo y te voy a responder. Es más, si no le escucho bien a la persona, leo sus labios e interpreto. Leer los labios, agudizar mi vista y hasta mi sentido del tacto, son cuestiones que pude desarrollar por el impedimento que tengo para escuchar.

Siguiendo con los hechos que tropecé, voy a contar algo que ha sido para mí un problema. Aunque nadie sepa y se imagine, que es algo normal para todos, para mí puede llegar a ser lo peor y convertirse en mi mayor miedo: las reuniones en grupo.

Sí. Tengo miedo de que cuando llego a un equipo nuevo y me encuentro con compañeros nuevos, no se adapten a mí. Me da miedo por ejemplo esas reuniones de grupo. No es fácil, es muy difícil para mí. De repente pueden estar hablando de mí, conmigo y yo no entiendo. Eso me da temor. Nunca fue fácil en es sentido, cuesta y mucho. Ese grupal puede ser lo peor para mí, incluso en el vestuario antes de salir a la cancha. No tengo mucho para decir o a veces tengo algo de vergüenza.

Pero aquí estoy, superando los miedos y obstáculos, de eso se trata la vida y el fútbol especialmente.

Es increíble todo lo que me está pasando, estoy viviendo un sueño, por eso soy un agradecido a Dios.

Hablando de sueño, quería contar esto. Quizás fue un simple divague, imaginación mía o como quieran llamar, pero espero que se cumpla jaja…

Me considero un profesional, pero siempre le tuve mucho cariño a Olimpia, gracias a mis padres. Esto me pasó hace poco. Llegué un día de la práctica, me acosté y soñé despierto: Estaba en Para Uno, estadio lleno, un clima espectacular y Olimpia tenía la posibilidad de ser campeón contra nosotros -River Plate-. No sé cómo, pero en esa película que estaba proyectada en mi habitación, ganamos, fui figura y me aplaudió todo el estadio. Es hasta gracioso, pero no imposible. Soñar despierto también es estupendo.

Llegué a Primera. Para mí no es suficiente, me falta un poquito. Me veo jugando en la Nueva Olla, Defensores del Chaco, Para Uno. Me veo enfrentando a delanteros que vi toda mi vida en la tele. Tapándole quizás una jugada de gol a Nelson Haedo, a Roque Santa Cruz o “Tacuara” Cardozo. Me falta un poquito y aunque para muchos parezca imposible, mi siguiente paso, mi próximo objetivo, es la selección paraguaya.

Esa es mi pequeña historia, mis pequeños sueños cumplidos y por cumplir. Y como dije al principio, no me considero ejemplo de nadie, no quiere que me tengan lástima, solo quería compartir mis logros.

Para terminar, quiero dar las gracias a muchas personas. Hay demasiadas, pero voy a nombrar a algunas. A mis padres. Estoy donde estoy, gracias a Atilano Almada y Susana Montiel. Gracias por bancarme siempre, por luchar conmigo estos 26 años y por ser ejemplos de perseverancia para mí.

Al profesor Daniel Farrar, el que me entiende todo con una sola seña, el que sabe de mis caprichos, mis puntos débiles y fuertes. Nunca voy a olvidar ese día que me llegó el mensaje al whatsapp, cuando yo estaba en Fulgencio Yegros: “Crack, quiero contar contigo, ¿querés salir campeón?”. Gracias, ‘profe’.

A mis compañeros, por la confianza que me tuvieron y me tienen, y por ayudarme a cumplir mi sueño de ser un jugador de Primera. Y por último a Dios, por permitirme disfrutar del fútbol y de la vida.

Seguramente dirán que cómo un jugador puede escribir esto. Les cuento que todo lo que se dice aquí es lo que pienso y lo que yo siento. Lo hice con la ayuda del periodista obviamente, que me ayudó a evitar los errores al escribir.

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